domingo, 28 de abril de 2013

Testimonio de un joven con asperger

Evalué a J en el verano de 2011. Después comenzamos a trabajar en terapia. J es una gran persona de la que he aprendido mucho.

El año pasado le pedí que me acompañara a una de las sesiones de difusión sobre el Síndrome de Asperger. Le sugerí que contara su experiencia, sus sentimientos, lo que él quisiera transmitir.... Esto fue lo que escribió....




Si bien el síndrome de Asperger es algo con lo que se nace, yo no he tenido un diagnóstico “oficial” hasta los 25 años. Ya desde la niñez, mis padres apreciaban en mí una cierta “fijación” por algunas cosas en particular (en mi caso, una obsesión desmesurada por los coches, las carreteras y el automovilismo). Les sorprendía la enorme capacidad que tenía para reconocer un determinado modelo a partir de detalles tan nimios como un simple faro o retrovisor. Al mismo tiempo, en lugar de ir al parque o la plaza a jugar con mis compañeros de clase, mi principal forma de ocio era quedarme en casa jugando con mis cochecitos o mis videojuegos de carreras o dibujando ciudades y carreteras. Otros temas que me interesaban (e interesan) mucho son la geopolítica internacional  las noticias en general (leo el periódico desde que tenía siete años) y los videojuegos (sobre todo, de carreras, estrategia y gestión).

Sin embargo, en el ámbito social, las cosas eran de otra manera. Mi carácter hacía que no supiera controlar ni identificar cuándo mis compañeros dejaban de prestarme interés en una conversación, lo que provocaba que acabaran rechazándome por “pesado” o “extraño”. Por otra parte, mis intereses se centraban en temas que, o bien estaban fuera del alcance de su comprensión (la guerra de Bosnia, por ejemplo), o que, por entonces, eran muy minoritarios (competiciones del motor). Además, pese a que era capaz de entender, por ejemplo, algo tan complicado como el funcionamiento de un motor o un videojuego de gestión, no entendía algo tan sencillo como las relaciones sociales. A menudo, en mi lugar de veraneo, cuando mis amigos venían a buscarme yo rechazaba la oferta por encontrarme inmerso en un libro o en la lectura del periódico. Esto, que para mí resultaba lo más natural del mundo, erosionaba las relaciones con mis amigos, y mis pobres padres, pese al empeño que ponían, tenían que asistir a numerosos fracasos míos de hacer amistades. Otro factor que no ayudaba en absoluto es que, como el síndrome también causa dificultades en el ámbito motor, era muy “torpe” haciendo cualquier deporte y ello provocaba las burlas de mis amigos y, por descontado, siempre me quedaba de los últimos a la hora de elegir equipos.

Cuando tenía 10 años, fui seleccionado para entrar en el Colegio xxx. Esto provocó una pequeña “rebelión” por mi parte, puesto que no quería, bajo ningún concepto, cambiar de rutina y colegio (si bien hoy, 16 años después, agradezco inmensamente a mis padres el haberme presentado a las pruebas y todo su esfuerzo). Un poco más tarde, la adolescencia llegó y, con ella, como a cualquier otra persona, todas sus inquietudes, anhelos… y problemas. Si ya es difícil ser un adolescente, imaginaos lo que es serlo con el síndrome: en el colegio, era uno de los blancos de los “populares” para sus burlas y humillaciones. Además, si ya de por sí era una persona poco sociable, todo ello contribuyó a hacerme un poco más huraño: salía escasas veces por las tardes/noches a relacionarme con mis compañeros. Afortunadamente, mis compañeros me tenían mucho respeto por sacar buenas notas (ya sé que es raro, pero el Colegio xxx es un poco peculiar) y, por supuesto, no todos ellos se dedicaban a “chincharme”, llegando a hacer un pequeño grupo de amigos que compartíamos algunos intereses. En este grupo, todos me percibían (y me lo decían abiertamente, pero sin ánimo de ofender) como “raro”: decían que hacía comentarios “fuera de contexto” o introducía temas sin sentido de cuando en cuando, pero, sin embargo, me respetaban. Paralelamente, no bebo ni fumo, otro aspecto que aumentaba mi condición de “raro”. De mis experiencias con el sexo opuesto de entonces… no voy a decir ningún calificativo. Si no sabía ni entablar una conversación normal con un chico, imaginaos con una chica. Aquí, para acabarlo de rematar, existe otro inconveniente: como me cuesta entender el lenguaje corporal, había dos situaciones posibles: o bien le estaba cansando y yo no me daba cuenta o le estaba gustando y… tampoco me daba cuenta. Esto, claro, me causaba una enorme frustración personal y malestar… pero, al menos, lo compensaba con el hecho de ir bien en el colegio (el “sentido del deber”).

Llegaron los 18: mayoría de edad, Selectividad y Universidad (además del anhelado carnet de conducir, que obtuve a la primera). Escogí la carrera xxxs por diferentes motivos (entre ellos, que me encantan las carreteras). La Universidad me proporcionó una oportunidad para empezar “de cero” en el terreno de las amistades (pese a que algún compañero de clase también entró y, por supuesto, mantuve el contacto con ellos). Hice nuevos amigos con los que compartí experiencias, buenos (y malos) ratos, equipo de fútbol… pero no os creáis que en muchas ocasiones. No socializaba en exceso. Mi trastorno no me ha supuesto ningún impedimento en el plano académico y conseguí, a lo largo de mi estancia en la carrera, una beca para colaborar con un Departamento y unas prácticas en empresa que exigieron superar el siempre difícil trago que es una entrevista de trabajo, culminando en mi Proyecto de Fin de Carrera por el que obtuve una calificación de Matrícula de Honor y numerosos elogios por parte de mi tutor. 

Como ya os he dicho antes, el diagnóstico me llegó con 25 años. Las sospechas de mis padres comenzaron a aflorar cuando tuve un sobrino pequeño al que se le diagnosticó el síndrome (si bien, él lo tiene de una forma más marcada) y me conminaron a ir a la Asociación para elaborar un diagnóstico. Éste me ha proporcionado “respuestas” a ciertos comportamientos que he mostrado “inconscientemente” desde muy pequeño y que mis familiares y amigos achacaban al mero hecho de ser yo “peculiar”. La terapia de habilidades sociales me está permitiendo identificar comportamientos “erróneos” y corregirlos. Quizá haga ahora ciertas cosas “por convención”, es decir, “porque es la costumbre” y me han “enseñado”, a diferencia de vosotros, pero soy capaz de comunicarme mejor. El hecho de tener el síndrome no me hace ni peor profesional, ni peor persona: sencillamente, me hace diferente.

4 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho ver el testimonio de una persona adulta en el que vemos que pese a las dificultades consiguen lo que se proponen. Son nuestros chicos y si no fueran como son no serian ellos.Un saludo.

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  2. Que bonito! Asi contado, tan sencillo y a lavez tan claro! Animo y enhorabuena por ser como eres

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  3. Me alegro mucho que os haya gustado!...

    Rafa... si, si, ya se de qué te suena....

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